
Ilustración digital generada con IA
Autora: MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte
Género: Ciencia ficción y suspenso psicológico con enfoque espiritual
Cada noche, antes de dormir, Neferet se sentaba frente al hermoso espejo de su habitación para cepillar su cabello rubio. De marco dorado y estilo gótico, estaba colocado junto a una elegante mesa de tocador.
Neferet era una adolescente de rasgos agraciados. Su cabello largo caía suavemente alrededor de su rostro, enmarcando una mirada dulce y serena. Había en ella una belleza casi inadvertida. Su madre le había dado el nombre de “Neferet”, inspirada en la reina Nefertiti, que significa “la que trae belleza y bondad”.
Su cama estaba frente al espejo. Neferet solía dormir con la ventana abierta, por donde entraba el aire fresco. A su lado, una lámpara de mesa proyectaba una luz tenue que evocaba un ambiente de calma.
Sin embargo, esa noche no lograba conciliar el sueño. Del espejo emanaba una luz inquietante, y el calor era tan intenso que, aun con la ventana abierta, no se movía ni una sola hoja en el jardín contiguo a su alcoba.
La luz se intensificaba poco a poco. Neferet sentía su cuerpo ligero, mientras una opresión en el pecho le dificultaba respirar. Era como si una fuerza la empujara hacia el espejo. Intentó moverse, pero le costaba reaccionar. Con algo de esfuerzo, logró salir de ese estado.
Al despertar, se incorporó lentamente. Le pareció que había sido una pesadilla. Pero entonces notó algo inquietante: la superficie del espejo giraba en espiral, como un vórtice que conducía a otra dimensión.
Atónita, extendió la mano y sintió cómo sus dedos se hundían en la superficie del espejo, como si quisiera atravesarlo. En cuestión de segundos, todo desapareció. Cuando volvió en sí, estaba en su dormitorio y el espejo había recuperado su forma normal.
Confundida, trató de entender lo ocurrido, pero no encontró explicación. Pensó, una vez más, que todo formaba parte de la misma pesadilla.
A la mañana siguiente, Neferet se preparó para ir al colegio. Después de ducharse, encontró a su madre, Dafne, en la cocina, esperándola con el desayuno.
Comió con prisa, tomó su merienda y salió hacia el garaje, donde su padre, Sebastián, la aguardaba para llevarla al Instituto Tecnológico Kepler.
Antes de partir, él le dio un beso en la frente y se despidió. Neferet lo vio alejarse en el vehículo hasta desaparecer en la esquina.
En ese instante vio a una joven cruzar la calle. Al principio no le prestó atención, pero algo la hizo detenerse. La miró con más atención… y se quedó pasmada: era idéntica a ella. La joven levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Durante un instante, ambas se observaron con desconcierto.
Cuando logró reaccionar, corrió hacia la esquina, pero ya era tarde: la desconocida subía a un autobús.
Neferet quedó aturdida. Nunca había visto a alguien tan parecido a ella. Pensó que tal vez se trataba de una extraña coincidencia.
Más tarde, durante la clase de Química, logró apartar de su mente lo ocurrido y continuó con sus actividades habituales. Al finalizar las clases, iría al gimnasio con algunas compañeras del curso.
Neferet aún no le había comentado nada a su madre sobre lo ocurrido. Pensó que tal vez se debía al estrés de los exámenes finales y prefirió no darle importancia.
Además, no quería preocupar a Dafne. Su madre cumplía largas jornadas en el hospital y, en las últimas semanas, incluso había tomado turnos extra durante la madrugada.
Todo aquel esfuerzo tenía un propósito: ahorrar para el viaje de graduación que deseaba regalarle. La joven sabía que regresaba a casa demasiado cansada como para añadirle inquietudes que quizá no eran más que producto de su propia imaginación.
Una semana después, Neferet volvió a percibir la misma sensación extraña al mirar el espejo. Aun así, le restó importancia e intentó dormir, pues al día siguiente tenía examen de Física y el cansancio empezaba a vencerla. Necesitaba descansar.
A la mañana siguiente, durante la clase de Física, la profesora Valery recogió los exámenes y anunció:
—Hoy comenzaremos a ver algunos principios de la física cuántica. Antes, repasaremos ciertas ideas que nos ayudarán a comprender mejor estos conceptos.
El tema despertó de inmediato el interés de Neferet. Siempre se había sentido atraída por ese tipo de conocimientos y, en otra ocasión, había leído con especial interés sobre el tiempo y el universo.
Al llegar la noche, ya más descansada tras los exámenes, Neferet pensó que por fin podría dormir con tranquilidad. Sin embargo, apenas logró conciliar el sueño, un ruido la despertó.
En la penumbra de su cuarto, el espejo volvió a emitir aquellas luces extrañas. Vencida por el cansancio, terminó por caer en un sueño profundo.
La escena cambió de inmediato. Todo a su alrededor se volvió confuso y agitado. Frente a ella apareció una mujer vestida con un elegante atuendo antiguo.
Era ella misma… solo que con unos quince años más.
De sus manos se aferraban dos niños, mientras varias personas los apresuraban a avanzar. Cruzaban un muelle a toda prisa para abordar una embarcación que se agitaba sobre aguas inquietas. En el ambiente se percibía una atmósfera de tensión e incertidumbre.
El viento y la humedad del mar golpeaban su rostro. Aun así, no soltaba a los niños, debía protegerlos.
Al despertar, la inquietud permanecía. Sintió el impulso de seguir durmiendo para comprender lo que había visto, pero el sonido del despertador la obligó a reaccionar. Debía apresurarse si quería llegar a tiempo a la clase de Física.
Ese mismo día, por la tarde, recibió un aviso por correo de la Clínica Odontológica Oradent, en el que se informaba sobre su cierre temporal debido a trabajos de construcción en la esquina contigua.
—Neferet —comentó Dafne, desechando el mensaje—, quizá debas hacerte la próxima limpieza en la clínica dental a la que asiste tu tía Emma. He oído que es muy buena. Si quieres, mañana llamo y te agendo una cita.
Absorta en su lectura en la terraza, Neferet respondió con un ligero movimiento de cabeza.
—¿Qué lees? —preguntó Dafne.
—Física cuántica y metafísica —dijo ella, mostrando los libros.
—Demasiado para mí —murmuró su madre antes de ir a la cocina.
Una semana después, llegó el día de la cita. Mientras hojeaba revistas en la recepción junto a su madre, una sensación inquietante la invadió. La disposición del lugar, la ventana, la sala de espera… todo le resultaba muy familiar, como si ya hubiera estado allí.
Se acercó a la ventana. Afuera se extendía un parque repleto de palomas de Castilla, con la cúpula de la iglesia y varias casas al fondo. Todo le resultaba extrañamente conocido.
Al salir del consultorio, Dafne notó su expresión inquieta.
—¿Qué tal? —preguntó.
—Me gustaría seguir viniendo aquí —respondió Neferet con una leve sonrisa. Sin embargo, al detenerse frente a la fachada, un escalofrío le recorrió la espalda. A pesar de no conocer ese lugar, volvió a sentir la certeza de haber estado allí antes.
Ya era tarde y debía asistir a su clase de Química. Aunque no le interesaba tanto como la de Física, debía estar atenta a la entrega de resultados. La cercanía de su graduación la mantenía ilusionada, hasta que Dafne la tomó del brazo y le abrió la puerta del vehículo.
—A clases, señorita —dijo su madre.
El mes de noviembre avanzaba cargado de compromisos, como antesala a la graduación. Aprovechando el interés de la clase, la profesora Valery propuso una breve discusión sobre fenómenos inexplicables, alimentada por los comentarios habituales entre los estudiantes.
La sesión transcurrió entre anécdotas y preguntas sin respuesta. Al terminar, Neferet le pidió unos minutos.
Se quedaron en la cafetería del instituto. Valery pidió un café; Neferet apenas dio unos sorbos a una infusión de azahar mientras reunía valor para hablar. Finalmente, le contó sobre sus sueños y las sensaciones extrañas que la habían acompañado en los últimos meses. La profesora escuchó con atención, sin interrumpirla.
—Es posible que estés bajo mucha presión —explicó la profesora Valery—. La mente puede reaccionar de formas inesperadas. Aun así, hay conceptos que podrían ayudarte a comprender lo que sientes.
En ese momento, la lluvia comenzó a golpear con fuerza los ventanales.
—Por ejemplo, los espejos —continuó—. A lo largo de la historia se les ha atribuido un significado especial: no solo reflejan la imagen, sino que, en algunos casos, también pueden alterar la percepción de quien se mira. En muchas culturas se cubren durante el luto o se evitan de noche, porque se cree que poseen fuerzas extrañas… aunque esto responde más a creencias místicas. Desde una mirada racional, funcionan como estímulos que pueden intensificar la sugestión, sobre todo en estados de estrés.
Hizo una breve pausa antes de seguir.
—Sobre esa otra versión de ti que mencionas, la ciencia no contempla que existan dos personas exactamente iguales. Sin embargo, existen teorías que hablan de múltiples realidades. Aunque no son comprobables en la práctica, forman parte de modelos teóricos que intentan explicar la naturaleza del universo.
Neferet la escuchaba con atención.
—Y esa sensación de haber estado en un lugar antes… se conoce como déjà vu. Suele ser una respuesta del cerebro ante información procesada de forma irregular. Es más común de lo que crees.
Valery sonrió, como para aliviar la tensión.
—Nada de esto indica que haya algo fuera de lo normal. El estrés, los cambios y el final del curso, con la graduación cada vez más cerca, pueden hacer que todo se perciba con mayor intensidad.
La conversación se diluyó mientras la lluvia se hacía más fuerte. Neferet permaneció en silencio, tratando de procesar la información.
Al despedirse, agradeció a la profesora y salió de la cafetería. Al llegar al automóvil, su padre le ofreció la chaqueta.
Desde el interior, miró a través del vidrio empañado mientras las gotas descendían con fuerza, deformando los edificios a su alrededor.
Noviembre y diciembre transcurrieron veloces. Neferet concluyó con éxito su quinto año en el Instituto Tecnológico Kepler, cerrando el ciclo con un memorable recital de piano que conmovió a todos los presentes.
Tras la graduación, la familia se dedicó a los preparativos para el viaje a Perú.
El domingo en la tarde, después de la misa de acción de gracias por haber terminado el quinto año, Neferet encontró finalmente el valor para contarle a su madre lo que le había estado ocurriendo: las pesadillas, las sensaciones extrañas y todo aquello que no lograba comprender. Dafne la escuchó con dulzura y trató de tranquilizarla.
—No hay nada de qué preocuparse, hija. Dios tiene el control, y lo que has visto no es más que construcciones mentales, a veces influenciadas por nuestra imaginación. Estoy segura de que eso es todo: simples sueños sin importancia. Te aconsejo que hagas una oración al acostarte y al despertar, como solías hacerlo de niña. Recuerda que siempre te he dicho que la oración nos protege y nos llena de fortaleza.
—Ahora, mi “bella durmiente”, prepárate porque mañana salimos muy temprano. Tu padre ya tiene los boletos para el viaje a Perú. Rodeada de esas montañas imponentes, te olvidarás de todo. Recuerda que ya eres toda una bachiller y que pronto empezarás la universidad.
Ambas salieron abrazadas de la iglesia, llenas de optimismo. Mientras caminaban hacia el vehículo donde Sebastián las esperaba, Neferet experimentó una liberación profunda. Se sentía segura y decidida, lista para emprender uno de sus anhelos más grandes: conocer el imponente paisaje de las ruinas incas.
Al llegar a casa, sentía que aquel capítulo se cerraba ante sus ojos. Dejaba atrás las aulas y la rutina de los exámenes de graduación; ahora el tiempo le pertenecía para decidir, sin prisa, su ingreso a la universidad y elegir entre la Física, la Arqueología o la Docencia… hasta que el llamado de su madre interrumpió sus pensamientos.
—Duerme, cariño. Mañana salimos temprano.
A través de su ventana, las estrellas brillaban con una claridad inusual. Se acomodó bajo la frazada e hizo una larga oración de agradecimiento y de protección, tranquila por primera vez en mucho tiempo. Las pesadillas parecían haber quedado atrás.
Al apagar la lámpara, un destello cruzó la superficie del cristal, pero Neferet ya dormía profundamente, ajena a toda inquietud. En las últimas semanas había alcanzado mayor madurez, confianza en Dios y seguridad en sí misma; el espejo ya no ocupaba lugar en sus pensamientos.
Así, entre la calma y la esperanza, se abría un nuevo horizonte ante su vida.
Reflexión de la autora:
A menudo creemos que lo que no podemos percibir o comprobar con nuestros sentidos no existe; sin embargo, vivimos rodeados de fuerzas invisibles. Hay experiencias que escapan a nuestra comprensión.
La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Dios siempre nos cuida y, a través de la oración, encontramos paz, fortaleza y dirección.




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