En el año de 1925, en una finca de la Garita de Alajuela, por las noches se escuchaban ruidos de personas corriendo sobre hojas y ramas secas, acompañados de llantos y alaridos que se mezclaban con el viento. Entre los vecinos se contaba la historia de una botija flotante que emergía del piso de tierra y, al poco rato, se esfumaba, escondiéndose ante la mirada de quienes paseaban o visitaban la hermosa finca. La aparición ocurría en la vieja casa de bajareque, forrada con paredes de adobe, que aún se mantenía en pie dentro de aquella extensión, donde tiempo atrás habían encontrado sin vida al antiguo dueño.
Cuentan los vecinos que Domingo Céspedes vivía en la finca y que, a medianoche, era atormentado por ruidos y quejidos de alguien que lloraba. Domingo pensaba que seguro era el muerto que andaba en penas. Corina, la muchacha de servicio, ya le había comentado sobre la presencia de la botija y le contó que había intentado agarrarla varias veces. La gente decía que la botija hacía un ruido como si rodara, raspando el barro sobre la superficie del suelo.
Cierto día, en tiempo de zafra, Domingo salió a cortar caña de azúcar cuando escuchó los llantos de alguien que se acercaba cada vez más al cañaveral. Empapado en un sudor copioso y preso del miedo, salió con el puño de cañas sobre el hombro, corriendo a toda prisa hacia el trapiche que tenía en el patio de la casucha.
Pasaron los días, y después de varias apariciones de la botija rodando de forma estrepitosa por el suelo, Domingo decidió despedir temprano a Corina de sus labores, pues no quería testigos. Cuando empezaba a oscurecer, tomó una pala y comenzó a cavar en el piso de tierra, justo en el lugar donde había visto esfumarse la botija en repetidas ocasiones. Cavó y cavó, hasta que por fin, al llegar a lo profundo, encontró la botija: estaba repleta de joyas de oro y plata, billetes y monedas antiguas…
Para su sorpresa, de la tumba cavada se irguió un esqueleto que halaba la botija para que no se la llevara. En ese instante, de forma tétrica, el esqueleto exclamó:
No he podido descansar en paz, porque esta plata les pertenece a mis hijos y a nadie más. ¡Detente, Domingo Céspedes!
Así fue como Domingo sostuvo una dura lucha con el esqueleto. Entre las sombras se escuchaba cómo iba forcejeando con los huesos quebradizos del espectro fantasmal; la calavera rechinaba y desprendía una fuerza siniestra. Pero Domingo era un hombre fornido, y, tras una intensa lucha, logró escapar con la botija.
Desde lo lejos solo se oía una voz que gritaba ¡No te la lleves…! ¡No te la lleves…!
Entre dudas y miedos, perseguido por aquella voz de ultratumba, Domingo corría sin volver la vista atrás.
Cuentan los vecinos que Domingo Céspedes se hizo millonario, pero su mano izquierda se le secó, como si arrastrara la culpa de la botija que un día cargó. Después de aquel encuentro espectral, pasaron los meses y nunca más se volvió a saber de él en el pueblo de la Garita. La finca se perdió y pasó a manos del gobierno, pues nadie la reclamó.
Todavía dicen los lugareños que la finca está encantada y que, en las noches, se escuchan los alaridos de un alma que no encuentra paz ni descanso. Es el alma de Baudilio Colmenares, el antiguo dueño de la finca.
Cuentan que su esposa lo abandonó hace muchos años y se llevó a sus hijos, lo que más apreciaba Baudilio en este mundo. Nunca volvió a saber de ellos: fue como si la tierra misma se los hubiera tragado.
Baudilio era uno de los terratenientes más acaudalados del lugar, y había guardado todo su dinero en una botija, enterrándola en el suelo para sus hijos. Murió solo y triste, recordando a Rosita y a Aurelio, sus dos hijos, el más preciado tesoro de su corazón.
Pero aquel tesoro guardado con tanta ilusión y afán fue arrebatado por Domingo, pues los hijos nunca regresaron. Un familiar de Baudilio vendió la propiedad a un precio muy bajo. Así fue como la finca pasó a manos de Domingo, quien, tras encontrar la botija, también se marchó lejos, sin dejar rastro alguno.
Sin embargo, los vecinos del lugar aseguran que, en las noches, aún se ven luces destellantes sobre el terreno, y se escuchan alaridos de confusión y pena… el lamento de un alma que todavía no encuentra paz para sus restos.
Autora: María de los Ángeles Chacón Eduarte
Género: Relato corto / narrativa costumbrista
Reflexión de la autora:
Esta leyenda me la contó mi madre hace muchos años, en una versión más breve, y quise honrar su memoria ampliándola, contextualizándola y dándole más detalle. Ella solía compartir conmigo muchas historias de su niñez, llenas de costumbres y creencias heredadas de nuestros abuelos.
En su infancia existía mucho misticismo y numerosas creencias acerca de los muertos y la vida en el más allá, de apariciones espectrales y de miedos infundados para que los hijos no llegaran tarde ni anduvieran callejeando durante la noche.

Biografía:
María de los Ángeles Chacón Eduarte es escritora de relatos cortos y autora de artículos de crítica social. Investigadora en genealogía e historia. Es máster en Administración con énfasis en Alta Gerencia y cuenta con amplia formación en administración, recursos humanos y gestión de proyectos. Trabajó más de veinte años para el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), así como en el Banco Popular y FUNDES Costa Rica. Actualmente cursa el Profesorado Técnico en la Universidad Técnica Nacional.
ORCID: 0009-0005-6079-4214




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