Juliana Candil

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte

Belisario tomó la cruceta y empezó a repartir cinchazos en el aire, pues no había nada delante de él  más que la oscuridad de la noche; la supuesta aparición era una hermosa mujer montada en un caballo negro azabache y lustroso.   La mujer soltaba unas risotadas de espanto, según exclamaba el hombre, en medio del terreno encharralado, a la entrada de su casa, cuando ya ni siquiera podía sostenerse debido a la embriaguez que se cargaba.

 ¡Juliana Candil!, gritaba Belisario una y otra vez.

Desde adentro se escuchaba a su mujer, Teresa, en medio de la congoja, rezando en voz alta y temblorosa, al escuchar aquel escándalo estruendoso:

“Señor San Silvestre del Monte Mayor, resguarda mi casa de todo alrededor, de brujas hechiceras, de brujas en cabresto y de un hombre traidor.  Ya toca la endona, la misa rezada, Jesucristo la reza, los ángeles la adoran, dichosa el alma que se acuesta a esta hora.  Si me acuesto, Jesucristo me reza, si me muero Jesucristo me vela, en la casa bendita de Jerusalén, donde velaron las doce mil candelas del Señor Jesucristo. ¡Amén!

Juliana Candil vivía en el Barrio de Quebrada Seca.  A la entrada de su casa de madera, colgaba un sapo disecado, de mal aspecto, sujeto a una cuerda transparente, con la intención de espantar a los curiosos, pues en el barrio se corría el rumor de que la pobre mujer era bruja.  El aire estaba impregnado de sahumerios: sándalo, palo dulce y salvia virgen,  acentuando el halo de misterio.

Era una mujer de buen ver, difícil de pasar inadvertida; llevaba el pelo negro rizado, tenía tez blanca y siempre olía a agua florida.   Por lo general vestía de negro o gris, de manera recatada, en señal de respeto por su difunto esposo.

Teresa le gritaba desde adentro a  Belisario, mientras quitaba una cafetera tiznada del anafre:

¡Belisario, nada de eso existe: ni los aparecidos, ni los entierros, ni las brujas! Pasá para adentro, que ya es muy tarde.  Agarrá juicio, por favor.

¡Qué ideas tan descarriadas, mujer!, ¡yo sé lo que digo! refunfuñaba Belisario entre dientes, con una borrachera de semanas encima, oliendo a puro chinchibí y hasta viendo espectros en el aire.

Belisario, tené cuidado con esa mujer, porque pesca la mirada de los hombres con puras mañas y encantos.

¡Qué me estás hablando mujer! Me voy a acostar para bajar esta tranca que me traigo.

Teresa lo miraba de reojo, con tristeza, pues no había comida, solo tortilla tiesa del fogón de anafre para acompañar con café tibio.

Lo único que recordaba Belisario era ver a Juliana, muy hermosa, atravesando la esquina, en silencio y sin cruzarle una sola mirada. Para ella, él no era más que un hombre atrevido convencido de que ella era una bruja temible.

No me molestés Teresa, que estoy cansado y preocupado, con la huerta de don Manuel voy atrasado y ya ve cómo me tiene, que la quiere lista para el día de San Isidro. Me metí primero con las piletas de doña Filomena, pero todavía no me ha pagado; dice que hasta que vuelva don Anselmo de San Carlos.

Lo dijo entre sollozos, como excusa por la borrachera para tranquilizar a su mujer. Se quitó las botas, cayó redondo en el camastro sumido en un sueño profundo.

Y así quedó Belisario, roncando como toro, soñando que Juliana lo miraba con ternura.  Con resignación, Teresa lo cubría con una manta ajada mientras pensaba:  En Quebrada Seca no hay brujas; las inventan las lenguas de estos hombres que por culpa del guaro de caña, terminan viendo visiones.

Era la belleza de Juliana la que tenía a más de uno dando vueltas por su casa, y la supuesta brujería no estaba en ella,  sino en los chismes del caserío y en las desdichas que deja el licor.  Al amanecer,  de nuevo  Teresa le servía tortillas secas y café entibiado, cansada pero aferrada a la idea de que las penurias no serían para siempre.

Reflexión de la autora:  Este relato de Juliana Candil evoca tiempos en los que el misticismo, la imaginación y las creencias populares animaban las reuniones familiares y cautivaban a niños y a jóvenes.  Por lo general, encerraban una enseñanza o advertencia.

4 respuestas a «Juliana Candil»

  1. Avatar de ajporras5211ff5196
    ajporras5211ff5196

    Muchas gracias por su comentario

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  2. Avatar de Jorge Cortes
    Jorge Cortes

    Almas simples de nuestro terruño con pensamientos mágicos y emociones primarias en un entorno costumbrista muy bien logrado… me gustó muchísimo

    Gracias por su comentario

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  3. Avatar de alwaysmangod448b9ad63
    alwaysmangod448b9ad63

    Felicitaciones por este cuento. Es un gusto leerlo, sus vocabulario, muy claro, nos lleva a otra época, donde los hechos narrados, aunque acontecidos hace mucho, no no dejan de ser interesantes y entretenidos.

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  4. Avatar de Auxiliadora Chacón
    Auxiliadora Chacón

    Me cautivo de princpio a fin, y me logro transportar en el tiempo, a esa Costa Rica de entoces, donde la vida era simple y sencilla, mitica, por la cultura y el folclore; además su narración es muy descriptiva y con sentido alegorico. La felicito.

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