Autora: María de los Ángeles Chacón Eduarte
En tiempos antiguos, cuando el nacimiento dependía del conocimiento y el talento de la partera, la vida pendía de un hilo frágil, sostenida más por la fe y la esperanza. De eso trata la historia a continuación.
Las contracciones iniciaron a eso de las cinco de la tarde. Cada dolor se volvía más intenso, mientras la partera limpiaba el sudor de la frente de Altagracia y el sangrado aumentaba de manera preocupante. La lluvia hacía un golpeteo hueco y constante sobre la teja de arcilla.
La matrona, visiblemente alterada, llamó a Nicomedes y le susurró con la voz quebrada: No escatime en tiempo, vaya y ruéguele a Dios. No lo voy a engañar, temo por la vida de su mujer y de la criatura.
Nicomedes, frunciendo el ceño y con una mueca de desesperación, apretó la mano de la partera, suplicándole que hiciera todo lo posible.
Sin decir más, la mujer cerró la puerta y regresó junto a la parturienta. Ayudó a Altagracia a recostarse en el camastro y, al palpar de nuevo, sintió la cabeza del niño. Con el rostro desencajado Altagracia pronunció el nombre de Nicomedes y exhaló un suspiro largo, casi como un quejido de desesperación.
Muy cerca de la habitación, en el pasillo, Nicomedes se arrodilló en el piso de madera, junto a un altar que su mujer había colocado días atrás, con un hermoso ramo de geranios rojos. Temblaba de sufrimiento entre sollozos, suplicándole a Dios misericordia. Allí permaneció en oración por varios minutos, mientras veía cómo entraban y salían, llevando palanganas con agua tibia y mantas.
De repente, en la penumbra del pasillo, comenzó a ver destellos luminosos que giraban a su alrededor, como pequeñas luces de bengala: diminutas chispas suspendidas en el aire. Atónito, no supo explicarse qué eran aquellas misteriosas luminarias.
El cansancio y el humo de la vela de cebo terminaron por vencerlo. Sentado en el suelo, recostado a la pared, se desvaneció entre el sueño y la preocupación. Aquel día había trabajado desde muy temprano en la finca y quedó profundamente dormido, con la cabeza apoyada en la esquina de la pared.
Soñó que caminaba por una senda oscura, subiendo hacia la montaña. Al final, veía una luz cada vez más intensa. Conforme se acercaba, una calidez y una calma lo envolvían, como si una gran fortaleza naciera en su interior. Cuando ya no pudo avanzar más, cayó de rodillas y sintió una paz profunda.
De pronto, unos movimientos lo sacudieron. Al abrir los ojos tenía enfrente a Tomasa. Ella lo abrazó con cariño y le dijo:
Venga, don Nico, vamos para que se tome un tecito de azahares con leche; eso calma los nervios.
Lo llevó a la cocina y se sentaron frente al fogón. Mientras le acercaba la taza, añadió con voz segura:
Altagracia es una mujer valiente. Ánimo don Nico, susurró como si se tratara de un niño: Todo es cuestión de fe; acuérdese de la historia de san Ramón Nonato. Dicen que lo sacaron del vientre de su madrecita cuando ella ya había muerto durante el parto. Ahora solo queda esperar.
Más calmado, Nicomedes se quedó junto a la lumbre aferrado a la espera.
De pronto, el llanto de un bebé rompió el silencio de la madrugada. Tomasa y Nicomedes se miraron y corrieron al cuarto. La matrona Samira salió con el niño en brazos y exclamó con voz firme: ¡Es un varón grande y saludable!
Luego añadió: Don Nico, su hijo vino al mundo enmantillado… Nació envuelto en la bolsa amniótica, tal como estaba en el vientre materno. En todos mis años de partera, nunca me había tocado atender un parto de esta naturaleza; pues ocurre en muy raras ocasiones. Esto es lo que nuestros abuelos llamaban un parto velado.
Es un gran augurio de buena suerte y bendición. Este niño probablemente trae una misión muy especial para cumplir en esta vida.
Hacía unos minutos, en el cuarto, al ver al recién nacido rodeado por la membrana transparente, Samira recordó a su madre, quien también había sido una de las mejores parteras de su tiempo. Ella le hablaba de los partos con zurrón como verdaderos portentos.
Con sumo cuidado, retiró la membrana; luego la envolvió en una manta limpia y se la entregó a Nicomedes, explicándole que debía guardarla como símbolo de protección.
Con lágrimas en los ojos, Nicomedes recibió a su hijo y lo estrechó contra su pecho. Tomasa se acercó y, después de observar al niño con detenimiento, comentó que se parecía mucho a Altagracia, aunque los ojos eran iguales a los de él.
Luego, con gesto respetuoso, tomó el mantillo de la mano de Nicomedes y, con unos cogollos de ruda, le roció unas gotas de agua tibia del perol que había quedado en el fogón; después lo envolvió entre mantas para secarlo y lo guardó en un lienzo blanco.
Samira indicó, con una sonrisa serena: Don Nico, no sé a qué Santo le rezó usted, pero Altagracia se recuperó de una forma que nunca había visto. La hemorragia se detuvo y el niño salió sin dificultad, envuelto en ese hermoso manto.
Llevó al bebé hasta el camastro y lo colocó junto a su madre, que yacía pálida y exhausta. Ella sonrió al ver a Nicomedes.
Ahora debe guardar reposo, indicó Samira: buena comida, bastante agua y descanso. Que le dé pecho al niño; el calostro es importante para ambos. Aunque sea a ratos, con calma y paciencia.
Nicomedes se recostó en la poltrona, contemplando a su amada esposa y a su hijo. Ya era de madrugada. Extenuados, dejaron que la noche se fuera disipando.
Al día siguiente, Altagracia le contó a Nicomedes que había visto una extraña luz atravesar la puerta y que, desde ese momento, una fuerza inesperada la sostuvo hasta el final del parto. Nicomedes no dudó ni un instante. Fue un milagro de Dios, dijo, con los ojos nublados de felicidad.
Tomasa tocó a la puerta con un cofre de madera en sus manos y le consultó a Altagracia dónde quería que colocara el mantillo, ella le indicó que debajo del moisés.
En ese instante, entró por la ventana un viento suave que acarició el rostro del recién nacido y que parecía traer la tranquilidad después de tanta agitación y sufrimiento.

Reflexión de la autora: Recuerdo que de niña, mi madre me comentó acerca del nacimiento “enmantillado”. Años después confirmé que este fenómeno realmente existe; lo que más me sorprendió fue descubrir que ella ya lo sabía, sin haberlo leído o investigado.

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