Allá por los años de 1936, sobre la calle empedrada y polvorienta de La Garita de Alajuela, camina “Fusínganos y Truénganos”. Le llaman así por la exclamación que hace sin aviso, a manera de súplica o de plegaria. Es un alma de Dios que cada mañana, de forma puntual, visita la ermita del lugar, como si la quietud del altar le devolviera la serenidad y la calma.
Su forma de vestir es un poco desordenada; pantalón pica-pollos, camisa de manga larga arremangada y amarrada a la cintura, pecho al descubierto. Camina descalzo por falta de zapatos, con un callo que le cubre la planta del pie como si tuviera una suela artificial. Lleva la mirada perdida y ausente, como si estuviese en otro mundo.
“Fusínganos y Truénganos…” Nadie conoce con certeza el origen de su condición. Su madre cree que fue por la falta de alimentación durante su niñez, a consecuencia de la pobreza que aún les aqueja, o quizás por algún susto o golpe. También pudo ser heredado de un pariente lejano. Pero el origen real de su condición … sigue siendo un misterio.
Cuando no está en la iglesia, se queda en la casa de su madre, escondido detrás de la puerta, comiendo melcocha y espiando por la rendija, como si esperara a algún pariente o visitante. Su madre lo observa con cariño, preocupada por la inocencia, humildad y sencillez de su alma. Todos en el caserío lo quieren y ya lo reconocen como un personaje del barrio, lo respetan y valoran profundamente.
Vive fascinado, en un mundo que nadie conoce. Pasa horas en la iglesia, donde también ya lo conocen el cura párroco y los feligreses como un fiel devoto de la vida litúrgica. Ahí se le encuentra casi siempre, admirando las imágenes de los santos. Primero pasa por la estatua de Santa Ana de Nazaret y admira, pensativo, la cara bondadosa de la abuela del Nazareno. Luego va hasta la imagen de San Martín, e intenta quitarle la escoba de la mano. Cuando ya se cansa del forcejeo, se dirige al Niño de Praga. Asustado y reflexivo, hace mil reverencias para terminar frente a la pintura de la Dolorosa que cuelga sobre la pared de ladrillos, donde llora como un niño, conmovido al ver tanto sufrimiento en la escena de la Piedad: la Virgen con su hijo Jesús, muerto sobre el regazo.
Finalmente, después de recorrer y admirar cada una de las santas imágenes, se dirige al altar principal, donde está la hostia consagrada. Se queda ahí perplejo por un buen rato, con el olor a cera de las velas que impregna el ambiente y con su mirada fija en la imagen del Altísimo.
Cuando por fin, antes de irse de nuevo para su casa, se persigna, se desliza suavemente y mira a su alrededor, asegurándose de que no haya feligreses presentes. Toma el jarrón de rosas, saca cuidadosamente las flores y, de un solo sorbo, bebe el agua del recipiente. Luego vuelve a colocar las rosas en su sitio con gran esmero y cuidado, cae en cruz ante el altar y, con voz suave y firme, lanza la siguiente exclamación:
“¡Fusínganos y Truénganos, agua de Dios, misericordia Señor!”
Su voz se escucha con eco en el templo vacío, con una resonancia que parece llevarse su miedo y devolverle la calma… ¿Qué tipo de ritual será ese que realiza con tanta devoción?, en realidad nadie lo sabe, pero todos los que en algún momento lo han escuchado lo respetan, como si fuera su propia forma para acercase a lo divino. Él, por su parte, de verdad siente que es una verdadera veneración a lo celestial y sagrado.
Y, en realidad aunque nadie lo comprenda, él lo hace con inmenso fervor. Una vez de vuelta en su casa, su madre lo recibe con regocijo en el alma, como si viniera de una larga confesión que redimiera a ambos…
Autora: María de los Ángeles Chacón Eduarte
Género: Relato corto / narrativa costumbrista
Reflexión de la autora:
Mi interés principal a través de la figura de “Fusínganos y Truénganos”, fue plasmar con sensibilidad la inocencia, la fe y la pureza interior de un hombre con una discapacidad psicosocial y para ello traté de enmarcarlo dentro de un entorno costumbrista costarricense popular.
Lo anterior con el fin de hacer una mirada empática y respetuosa hacia las personas en condición de discapacidad psicosocial, reconociendo en ellos una forma de comprender la vida que suele pasar inadvertida. En conjunto, el relato invita a reflexionar sobre la inclusión, la compasión y la dignidad de los seres humanos, especialmente de quienes se encuentran en condición de discapacidad.
Este personaje en algún momento mi madre lo conoció durante su niñez, por lo cual decidí hacer un relato corto, recopilando las características de esta persona y haciendo esta historia llena de detalles de una forma corta y animada, como una forma de rescatar la memoria y tradición familiar.

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