Autora: MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte
Código ORCID: https://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Les voy a contar la historia de Emilia, a quien de cariño le decían Mila. Era una muchacha de veintitrés años, de carácter reservado. Cada mañana bajaba al río a lavar la ropa, aprovechando las primeras horas, cuando aún era de madrugada. En aquellos tiempos, era costumbre lavar temprano para luego atender las faenas del campo.
Después de tender la ropa en las enredaderas y ramas frente al rancho, corría a la cocina y, en el molino, con el saquillo repleto de granos, molía el maíz y chorreaba el café. El olor se esparcía por todo el caserío. Cuando sus padres, Pedro y Clemencia despertaban, la mesa ya estaba servida con cuajada, tortillas y café endulzado con dulce de caña.
Emilia también elaboraba el famoso jabón de chancho, que vendía en todo el caserío los fines de semana. Se encargaba de las gallinas ponedoras, recogía los huevos y limpiaba los corrales. Como sus padres ya eran mayores, ayudaba incluso en la siembra, en la limpieza de granos y semillas, y hasta en el deshierbe de la huerta.
Por la tarde se ocupaba de los remiendos y bordados de vestidos, pantalones y camisas de manta y lienzo; después buscaba leña seca para el fogón. Era callada, reservada y hacendosa. Todos en el caserío admiraban su fortaleza y humildad.
Pedro, su padre, era peón en la hacienda de Tito Vargas, hijo de doña Virginia, la heredera del español don Bartolomé Vargas de la Peña, antiguo dueño de la hacienda conocida como San Bartolomé de los Cafetos. Don Bartolomé fue un inmigrante andaluz que falleció algunos años atrás y dejó la propiedad a su hija Virginia, quien vivía allí con su hijo Tito, de treinta y ocho años.
La familia Vargas de la Peña siempre había sido muy conocida en la zona por su trato cordial y su buena posición económica.
Tito solía pasar por el río con la yunta de bueyes, camino al pueblo, para atender asuntos de la hacienda. En más de una ocasión se cruzó con Emilia. Él la veía ir y venir, siempre ocupada en sus labores.
Un día, Tito se detuvo junto al riachuelo para dar de beber a los animales. Al pasar, Emilia tropezó, y él se apresuró para ayudarle a levantarse.
—Pero si sos Emilia, la hija de Pedro…
Ella le sonrió con timidez y amabilidad y, con un leve gesto, le dio a entender que podía continuar su camino.
Sin saberlo ella, esa misma tarde Tito se presentaría en la estancia, por encargo de su madre, para hablar con don Pedro con toda la seriedad del caso. Debía expresarle el deseo de doña Virginia de que Emilia asistiera a clases con el cura y colaborara en la hacienda bajo su amparo, pues había notado en aquella muchacha callada, trabajadora y recatada, virtudes que no pasaban inadvertidas y eran dignas de admiración.
Emilia, por su parte, aunque sintió una alegría honda en el pecho, siguió en lo suyo, callada, como si no hubiera escuchado nada.
Así fue pasando el tiempo. Emilia estudiaba por la mañana y ayudaba a doña Virginia en la hacienda por las tardes; por las noches colaboraba con su madre. Sin embargo, como la carga de trabajo se volvió pesada, Lupita la vecina empezó a ayudarle más a Clemencia en ausencia de Mila.
Doña Virginia, mujer seria, de buen juicio y ya entrada en años, con los meses fue tomándole un profundo cariño y respeto a Emilia.
Pues era una muchacha de conducta intachable y de buenas maneras, tal como la habían criado Pedro y Clemencia. Mila ayudaba en los quehaceres de la hacienda junto a otras tres muchachas, a quienes Tito y su madre también les brindaban ayuda.
Entre todas, Emilia era quien más destacaba, tanto por su dedicación como por su buen comportamiento: siempre sencilla y humilde.
En la hacienda trabajaban otros jóvenes, como Juancito y Timoteo, quienes también asistían a clases con el cura del pueblo. No todos, sin embargo, mostraban el mismo interés: muchos preferían el trabajo recio del campo, bajo el sol de los cañales, cafetales y sembradíos, sin mayor inclinación por las letras ni la aritmética.
Al cabo de dos años de asistir a clases, Emilia ya dominaba las cuatro operaciones fundamentales: sumar, restar, dividir y multiplicar. Escribía con letra clara y ordenada, y contaba con los conocimientos necesarios para llevar las cuentas de cualquier abarrotería. A ello se sumaban los oficios domésticos, que realizaba en la hacienda con gran esmero y dedicación.
Por tal motivo, Tito y doña Virginia le confiaban, por las noches, el manejo de las cuentas del comercio de la hacienda, donde ponía en práctica todo lo aprendido. Así, además de ganarse algún reconocimiento adicional, podía corresponder, en parte, a la ayuda recibida.
Pasado el tiempo, una de las hermanas religiosas que impartían clases en la casa cural se enfermó, por lo que debieron trasladarla a otra localidad con menos obligaciones. Ante la situación, doña Virginia habló con el cura, don Arnoldo Cascante, para que consideraran a Emilia como su reemplazo.
La noticia llenó de alegría a sus padres. Tanto así que don Pedro dispuso sacrificar una gallina criolla bien cebada para que Clemencia preparara su deliciosa gallina achiotada. Las mejores porciones fueron destinadas para doña Virginia y Tito.
La misma Mencha, como le decía don Pedro a Clemencia, fue a llevarles la cazuela con profundo agradecimiento, casi con los ojos nublados por todo el bien que le habían hecho a Emilia.
En el ambiente todo era alegría y felicidad, hasta que una mañana de diciembre Emilia tomó su bolsa de manta y salió muy temprano a hacer unas compras que le había encargado doña Virginia en el almacén de Chepito Flores. Ese día llegaba el tren de carga con jabón, velas, lámpara de aceite, telas y otras mercaderías. Emilia quería evitar las largas filas y conseguir todo a tiempo, por lo que llevó a Timoteo como acompañante, para que la ayudara con lo más pesado.
Aunque en la hacienda se producía y comerciaba casi todo lo necesario, había cosas que solo podían conseguirse en el almacén: jabón de tocador, con delicados aromas de violetas y jazmín para doña Virginia; la colonia para después del afeitado de don Tito y la Glostora; así como unas hermosas peinetas de carey color ámbar, finamente adornadas, para el cabello castaño de doña Virginia, quien siempre lucía pulcra y elegante.
También debía comprar telas para las enaguas, encaje blanco y lienzos de distintos colores, pues ella misma se confeccionaba la ropa. Emilia cuidaba cada detalle con esmero. En esta ocasión, además, debía traer dos ollas grandes de metal, algunos ungüentos medicinales, vino tinto y coñac.
Al acercarse al almacén de Chepito Flores, Emilia notó el alboroto y la algarabía de una boda. Había tanta gente y tanto movimiento que, sin darse cuenta, quedó detenida en medio del camino, sorprendida y sin saber cómo reaccionar, mientras los demás se apartaban hacia la orilla.
De pronto, la multitud comenzó a hacerle señas y a gritarle:
—¡Emilia, quítese, que viene la volanta!
—¡Emilia, córrase!
Pero ella, en medio del bullicio, no alcanzó a escuchar. Todo ocurrió en un instante. Lo último que vio fue a Timoteo lanzándose hacia ella, intentando apartarla, mientras otros corrían en su auxilio.
Emilia fue atendida por don Eusebio, el boticario, y llevada de regreso a su humilde rancho, con severos golpes y raspones.
Después de varios meses de convalecencia, su pie derecho quedó con secuelas: no podía apoyarlo bien y caminaba con dificultad. Ya no podía ayudar como antes en las faenas que requerían esfuerzo físico. Con tristeza, permanecía en silencio, como siempre, de manera reservada.
Durante las noches, cuando el caserío quedaba en penumbra y solo se oía el canto lejano de los grillos, Emilia permanecía despierta. No se quejaba, pero recordaba el instante del camino, el bullicio, las voces que no alcanzó a escuchar… y el accidente que marcó su vida. No lograba conciliar el sueño: pensaba en su madre, en el esfuerzo de su padre, en la mano generosa de doña Virginia… y en todo lo que sentía que había quedado inconcluso.
Una tarde, cuando ya pudo sentarse junto a la puerta del rancho, vio pasar a unas muchachas del pueblo que iban sonriendo por la calle polvorienta. Emilia las siguió con la mirada, en silencio. Fue entonces cuando comprendió que debía retomar el oficio de la enseñanza en la casa cural.
Días después, cuando el cura Arnoldo Cascante llegó al rancho, Emilia reunió el valor para hablarle:
—Padre… si Dios me lo permite, quiero preparar a los niños y jóvenes de este pueblo.
El sacerdote la miró con atención y ternura. —principalmente a las mujeres —añadió ella— Quiero enseñarles a leer y a escribir.
Don Arnoldo asintió con la cabeza despacio.
—Emilia, tienes toda la capacidad, paciencia y buena voluntad —le dijo—. Les harías mucho bien, porque enseñar también es servir, y en eso siempre te has destacado.
Afuera, el sol caía sobre los cafetales. El cura le dio la bendición y le indicó que, apenas estuviera restablecida, se presentara con las otras dos hermanas en la casa cural.
Cuando Emilia pudo caminar con mayor firmeza, comenzó a enseñar. Llegaban niños de todo el vecindario, con los pies descalzos y curtidos por la tierra; muchos apenas sabían expresarse con claridad. La tarea no fue sencilla.
La ignorancia, por aquellos tiempos, estaba muy extendida, y no fueron pocos los que perdieron tierras, animales o bienes en manos de hombres letrados que, amparados en su ventaja, vivían de engañar a los más humildes.
Desde entonces, Emilia comprendió que educar era una misión importante que Dios le había confiado, y se dedicó con esmero a enseñar a niños y jóvenes a leer, escribir y contar.
Con los días, doña Virginia le cedió a Emilia una salita en la hacienda para que preparara a las muchachas también en algunas labores domésticas. Las jóvenes, los miércoles después de sus clases en la casa cural, acudían por las tardes a la hacienda. Entre ellas estaba Lupita, la muchacha que ayudaba a los padres de Mila en los quehaceres. Era mulata, de manos fuertes y sonrisa contagiosa.
El primer día, en la clase de cocina, Lupita dejó quemar el arroz de tal manera que el humo salió hasta el corredor.
—¡Jesús, María y José! —exclamó doña Virginia.
Lupita soltó la risa de inmediato:
—Doña Virginia, creo que sirvo más para ordeñar y arrear ganado.
Con la aguja tampoco tenía buen pulso. Sus costuras salían torcidas y desiguales.
—Esto no es lo mío —decía casi llorando.
Fue entonces cuando doña Virginia se integró de lleno en la enseñanza de las más jóvenes en los quehaceres domésticos.
Con toda la experiencia que había adquirido, comenzó a instruir en el oficio del bordado y en la preparación de remedios caseros, convencida de que la enseñanza también debía servir para la vida y el cuidado del hogar.
—No basta con leer —decía—.
Aun así, hasta Lupita llegó a desenvolverse con gran maestría en las labores domésticas bajo la guía de doña Virginia, y aprendió a escribir y leer de corrido con Mila.
Viendo el crecimiento de aquella obra, doña Virginia habilitó un salón más grande en la hacienda y encargó a Pepe, uno de sus peones, la construcción de varios escaños de madera. Con el tiempo, incluso los hombres mayores asistían a clases con Emilia cuando el trabajo del campo lo permitía.
Pero fueron las mujeres y los niños quienes encontraron allí un verdadero espacio para aprender. Así nació una obra que comenzó a transformar la historia: mujeres que antes no tenían acceso al estudio aprendieron y se fortalecieron, cambiando de manera profunda las costumbres y formas de pensar en el pueblo.
Con el tiempo, la fama de Emilia y de doña Virginia se extendió a otros lugares. Un día llegaron emisarios y personas de gran prestigio en busca de Emilia, pues deseaban llevarla a otra región donde pudiera compartir sus enseñanzas con más personas. Habían oído hablar de la paciencia con que enseñaba, de la bondad con que trataba a los muchachos y de cómo procuraba que hasta los más tímidos lograran instruirse y salir adelante.
Doña Virginia guardó silencio. Sabía que perdería a su mano derecha, a Mila, a quien había llegado a querer como a una hija.
Sin embargo, comprendió que Emilia estaba destinada a ser luz y guía para otros, y que su misión no debía detenerse.
Antes de partir, Mila dejó a Lupita al cuidado de doña Virginia, mientras que se llevó consigo a sus padres Pedro y Clemencia, quienes ya eran adultos mayores y necesitaban de su respaldo más que nunca.
El pueblo lloró la ausencia de Emilia, pero su trabajo no se detuvo. La semilla que dejó siguió creciendo: varias mujeres continuaron enseñando en el salón de doña Virginia, y la educación se volvió una parte importante de la vida cotidiana del pueblo.
Los años pasaron. Mila nunca se casó. Su vida fue la enseñanza; su vocación era formar niños y jóvenes. Tito, cada vez que viajaba, la visitaba. Le llevaba encargos de doña Virginia, quien nunca dejó de verla como una hija. Y en el pueblo, nunca la olvidaron.
Emilia caminaba con dificultad desde aquel accidente con la volanta, pero nunca permitió que aquello marcara su destino. Siguió adelante, firme, haciendo lo que más amaba: enseñar. Con el tiempo, fueron muchos los que aprendieron a leer, a escribir y a contar con Emilia.
Así, su vida no se midió por las dificultades que enfrentó, sino por el bien que hizo a los demás.
Reflexión de la autora:
Este relato rinde honor a la enseñanza y a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, lucharon para que la educación llegara a todos los estratos sociales. La salud y la educación deben ser siempre los pilares más importantes dentro de cada sociedad.




Deja un comentario